En el Día del Padre alguien tiró, medio en chiste, la idea de ir al Mundial.
Después pasó lo que suele pasar en mi familia cuando una idea prende: pestañeás y ya hay una lista, un grupo de whatsapp, vuelos, hoteles y una logística que parece imposible hasta que deja de serlo.
Iba a viajar cuatro días. Me terminé quedando para tres partidos.
De golpe estaba en Miami con mis primos, tomando fernet antes de entrar a la cancha, tratando de entender cómo había llegado hasta ahí.
No me gusta escribir sobre cosas de las que todo el mundo está hablando. Y del Mundial ya se dijo todo. Muchachos. La cuarta. Los videos. Las lágrimas. No siento que tenga mucho para agregar.
Mentira.
En el medio de la euforia me escuché decir: el mejor momento del año fue volver a Argentina. El segundo es estar viviendo esto.
La frase salió sola y se sintió bien. Hablaba de fútbol, sí, pero también de muchas otras cosas.
Pero no todo es fiesta. Esta vida de rockstar también me deja pensando. No sé si esta intensidad me encuentra o si soy yo la que la sale a buscar. No sé si es una etapa, una elección o simplemente mi forma de vivir. Tampoco sé si tengo que aprender a frenarla o dejar de cuestionarla tanto y disfrutarla cuando aparece. Supongo que hay momentos para todo. Y que soy muy afortunada.
Julio también cerró una etapa laboral y abrió otra. Después de varios años trabajando para afuera, ahora voy a dedicar mi energía a trabajar en Argentina. En noviembre llega arteba y, por primera vez en mucho tiempo, siento que el trabajo y el lugar donde vivo están mirando para el mismo lado.
Creo que en julio di muchos abrazos.
Agosto, calentá que entrás.
Espero que se estén teniendo paciencia, que estén encontrando con qué llenar el vacío post Mundial y que se estén cuidando del frío. Los amo, xoxo Jo

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