La mesa de Mirtha Legrand

Pensé muchísimo en cambiar de vida este mes, pero no de una forma dramática. Más en esas cosas chicas que una siente que le pueden cambiar todo igual. Escribir más. Mudarme. Enamorarme. Empezar pilates. Dejar el celular lejos. Volver a leer.

Y creo que puedo decir que me salió bastante.

Tuve una relación completamente tóxica con una presentación del trabajo. La abría, la cerraba, cambiaba una tipografía, miraba el celular veinte minutos como recompensa por haber cambiado una tipografía, volvía al deck, lo cerraba otra vez. No sé qué me pasó con ese proyecto. Como que no podía entrar.

En mayo también firmé dos contratos nuevos, la misma semana. Y hay algo de eso que no voy a entender nunca. Esa cosa rara de empezar a accionar en un área de tu vida y que automáticamente otras cosas también se destraben. Como si el movimiento trajera movimiento. Como si hacer una cosa concreta acomodara otras diez sin querer.

Cuando me mudé a Milán, mi abuela empezó a hacer “la mesa de Mirtha Legrand” una vez por mes. La invitación es exclusiva para los nietos. El menú, no importa la época del año, suele ser navideño. O una mezcla de todos los caprichos de cada uno.

Generalmente son los miércoles alrededor de las ocho de la noche. Pero a las tres de la tarde ya recibimos un mensaje en el grupo “Nietos” con una foto de la mesa puesta. El candelabro. Las velas medio podridas. La virgen. Y las casitas que mi abuela se trajo de algún viaje a Ámsterdam.

A mi abuela le decimos Tigo. No sé muy bien por qué, porque se llama Magdalena. Vive en Maipú, un pueblo a una hora de Mar del Plata y a dos horas y media, si voy con mi papá, de capital. Toda mi familia es de ahí. Mis abuelos se conocieron ahí, mis papás también, mis tíos también, pero solo mi abuela se quedó.

Le gusta el burako, las masitas y los chismes. Cada vez que la veo me cuenta que murió la prima del tío de la sobrina de la nieta de Martita. Que la hermana de Pepo se cayó de la bici, se quebró el brazo y tuvieron que ir a verla a Chascomús.

Mi abuela se sienta en el medio, les deja la cabecera a mis hermanos y observa. Yo estoy convencida de que no entiende mucho lo que pasa, pero sonríe.

Nunca habia ido a una de estas cenas, pero este mes fui. Compré chocolates, caramelos y un paquete de figuritas del mundial.

Cuando llegué estaban mis primas con los álbumes abiertos. ¿Tenés a Eric García de España? Te lo cambio por uno de Lisboa y dos de Japón. A ver cómo tenés Argentina.¿Cuántos paquetes te compró tu mamá?” La tensión y la negociación que se vivía era total.

Quedaba mi paquete. Ya fue, sale Messi, dije. Lo froté con las manos, recé un poco, miré para arriba, para abajo, lo sacudí. Y en un momento me di cuenta de que me estaba empezando a creer de verdad eso que había dicho. Como si por un segundo realmente pudiera hacerlo aparecer. Me empezaron a temblar un poco las manos. Abrí el paquete. Estaba él.

Emma (mi ahijada) se me acercó y me dijo: sos mágica.

En mi último taller de escritura nos dio el tiempo para escribir en vivo, cosa que genera muchísimo terror. Pero escribí un texto sobre nacer y lo terminé diciendo, yo hace poco descubrí que escribir me ayuda a nacer.

Y creo que mayo tuvo bastante de eso. De volver a aparecer en lugares. De estar. De empezar a creerme un poco las cosas que digo.

Los amo. Ténganse paciencia y, qué sé yo, el que entienda algo que me avise.
xoxo, Jo

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