Brasil, qué cálido que sos.
Tus bordes no están tan marcados. El límite se mezcla con la naturaleza. Tenés lagartijas caminándote por al lado, muy cerca, como si nada. Plantas que se meten en tu habitación. La pista de aterrizaje en el medio de árboles y cerca del mar. Todo convive un poco así: medio desordenado, medio salvaje. Me gusta.
Y bueno, acá estoy.
De vuelta en Buenos Aires.
En Buenos Aires los bordes son más conocidos. O solían serlo, no sé. Eso también me gusta. Ya el último día en Brasil, y aterrizando acá, empezó a aparecer esa tensión sexual de querer renunciar a todo, vivir la vida surfer y quemarme todos mis ahorros. Vivir en ese limbo, ese vacío legal, esa naturaleza contenedora. Ese lugar donde todo se justifica y todo es posponible porque estás en modo vacaciones.
Después me acuerdo de que es justamente eso: un limbo. Hermoso, pero hermoso porque termina. La típica transición de cuando volvés de viaje. Me acuerdo de que el viaje lo pagó mi papá, de que quiero estabilidad, mudarme, esas cosas de adultos… y también de que no tengo tantos ahorros, seamos realistas.
El aire fresco se nota. Y sin darme cuenta me empieza a gustar el color rojo. Me acuerdo de Brasil y me sonrío sola: caminar sin pensar tanto, el calor que te abraza y te incomoda a la vez, esa sensación bastante básica de estar viva, y ya. Capaz al final es eso lo que una anda buscando.
Se siente como si fuera el 46 de diciembre de 2025. Como estar con la valija abierta días de más. Creo que la vida es eso: muchísimos aterrizajes. Volver, quedarse, decidir algo que no termina de convencer, bancarse lo real. A veces aterrizar es elegir. Otras veces es saber cuándo parar. Yo el cinturón ya me lo abroché: lo que viene pinta bien.
Hay momentos para todo. Con miedo, pero hot siempre. Eso no se negocia. Ténganse paciencia y hagan lo que les gusta. Los amo. xoxo, jo

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